
LA MEDIOCRIDAD ESPIRITUAL
Es un lamentable estado espiritual, generalizado hasta un elevado porcentaje entre los que siguen la vida de perfección evangélica. La palabra “mediocridad”, se toma en cuanto que se opone a notable, considerable, superior a la medida. Suele causar graves daños al dejar en un nivel medio a quienes en los planes de Dios y según el ritmo que habían comenzado a llevar estaban llamados a cumbres excelsas de transformación en Cristo.
SÍNTOMAS:
No son incipientes, puesto que suele tratarse de personas que levan un tiempo relativamente largo de vida espiritual seria. Tiene el carácter de un cierto retroceso, empapado de un cierto cansancio y desilusión.
Vive la vida espiritual; pero su vida tiene algo de superficial, de ficticia, de falta de encarnación real. Hay una renuncia práctica a la santidad total, aunque quizá de palabra siga hablando de ella. Suele unirse un cierto sentido de complacencia personal, a manera de persuasión de ser sensato, bajo cuya bandera se mantiene paralizado en el progreso espiritual años enteros. No es que no haga esfuerzos. Al contrario, tiene momentos de arranque interior; luego se cansa, se vuelve a parar. El resultado es que no hay progreso en el modo de vida espiritual.
Con todo, la persona caída en la mediocridad mantiene y fomenta positivamente vicios notables, como son la vanidad, gula, susceptibilidad, curiosidad, impresionabilidad.
De esta manera, la luz espiritual se va apagando. Y termina la víctima por no ver sentido alguno a la renuncia de lo que no sea pecado. Su postura vital viene a ser la de pasar lo mejor posible con tal de no pecar.
NATURALEZA:
La incomprensión de la abnegación evangélica y la debilitación de la vida interior.
a) La persona mediocre no comprende ya en toda su exigencia la renuncia evangélica ni se esfuerza por adquirirla. Cierran así el paso a la dilatación de la caridad, que contradice el amor propio egoísta. Solo entienden como renuncia evangélica la renuncia a lo que es malo. No entienden que se pueda renunciar o que Dios pueda pedir el sacrificio de lo que es bueno con el fin de conseguir otro bien superior.
b) Esta vida tiene algo de superficial; le falta totalidad en su penetración de la visión de los principios sobrenaturales.
GÉNESIS:
La experiencia enseña que en todas las formas de vida puede introducirse esta pérdida de vigor y generosidad espiritual por caminos muchas veces opuestos entre sí. Hay que estar atentos a los primeros pasos para mantener íntegra la oblación total de la voluntad.
En personas activas puede esta en la raíz el agobio de trabajo y de ocupaciones exteriores. El quehacer y las necesidades de las almas ahogan. Poco a poco, la vida interior se debilita. Se deja invadir por puntos de vista humanos, y pierde lentamente la inteligencia de los medio sobrenaturales. No pierde la fe, pero cesa el avance espiritual.
En personas contemplativas, el peligro estará en dejarse llevar por una aplicación superficial de las cosas de Dios sin verdadera profundidad ni vigor. Superados los defectos más notables y se mantienen en un cierto equilibrio interior sin progresos reales, sin abnegación verdadera.
En muchos casos se suele presentar una especie de cansancio general, producido por la monotonía de la vida espiritual. Los deseos de santidad de otro tiempo se vienen a considerar como puras ilusiones irreales.
Este cansancio desalentado será tanto mayor cuanto con más ímpetu e impaciencia se lanzó antes hacia la santidad apoyado en sus propias fuerzas.
Persuadidos de que todo es obra de Dios, de que hay que seguir a la gracia y de que la condición fundamental de la santidad es el abandono total en las manos de Dios, exageran tanto estas disposiciones, que eliminan todos los esfuerzos de colaboración que Dios requiere del hombre para realizar sus planes. El resultado será una persona buena, piadosa, amante de Dios, pero en la que la abnegación y la unión quedarán en la superficie, sin vigor y sin profundidad, y con muchos defectos íntimos que el interesado mismo apenas sospecha.
REMEDIOS:
La superación del estado de mediocridad es particularmente obra de la gracia, que suele mostrase patente en algunas reanimaciones espirituales. En algunos casos se presenta en forma de impulso interior irresistible, que no deja en paz al individuo hasta que acaba por rendirse. Este impulso se presenta veces en forma repentina, pero otras va preparado por pequeños impulsos parciales y progresivos.
También suele manifestarse esa acción de Dios acompañando a circunstancias exteriores providenciales, sean de signo humanamente negativo, o de signo positivo espiritual.
Junto a la petición se requiere ayudar, preparando en lo posible el corazón para la acción de la gracia. Esto ha de darse suscitando deseos de fervor, nostalgia del estado de generosidad ilimitada, llena de confianza, sin amargura ni desaliento. Sería bueno recurrir a las ideas o sentimientos que tienen fuerza de acción sobre el alma mediocre. Esa idea-fuerza procure empaparla en espíritu de fe, confianza y amor generoso.
Al mismo tiempo que se suscitan esos deseos, hay que promover la cooperación activa de la persona mediocre, de manera que vaya dando pasos en su voluntad aprovechando las pequeñas ocasiones. Estos esbozos han de cuidarse tanto en el campo de la abnegación, con pequeños esfuerzos parciales y repetidos, como en el campo de la vida interior en lo que se refiere al recogimiento, procurando momentos más intensos y actuando la vinculación de las ocupaciones absorbentes con una visión sobrenatural más intensa.
Actuando durante meses con este esfuerzo de pequeños esbozos, se puede ir cultivando una preparación para la acción de la gracia impulsiva de Dios.
También puede ayudar provocar las circunstancias exteriores favorables a una reactivación espiritual. Así, pueden ser momentos oportunos la marcha a misiones lejanas aceptada o pedida; la renuncia a un puesto amado, quizá demasiado amado; renuncia impuesta bajo una cierta presión de los superiores, que desgarra el alma y rompe el equilibrio espiritual en que se acunaba; si en este caso se evita la rebelión y el desaliento, podrá ser ocasión de encenderse en gran fervor.
Lo que se tiene que tener presente a la hora de reactivar la vida espiritual es la constancia y la paciencia sin prisas y din desánimos confiando siempre en la gracia de Dios.
Es un lamentable estado espiritual, generalizado hasta un elevado porcentaje entre los que siguen la vida de perfección evangélica. La palabra “mediocridad”, se toma en cuanto que se opone a notable, considerable, superior a la medida. Suele causar graves daños al dejar en un nivel medio a quienes en los planes de Dios y según el ritmo que habían comenzado a llevar estaban llamados a cumbres excelsas de transformación en Cristo.
SÍNTOMAS:
No son incipientes, puesto que suele tratarse de personas que levan un tiempo relativamente largo de vida espiritual seria. Tiene el carácter de un cierto retroceso, empapado de un cierto cansancio y desilusión.
Vive la vida espiritual; pero su vida tiene algo de superficial, de ficticia, de falta de encarnación real. Hay una renuncia práctica a la santidad total, aunque quizá de palabra siga hablando de ella. Suele unirse un cierto sentido de complacencia personal, a manera de persuasión de ser sensato, bajo cuya bandera se mantiene paralizado en el progreso espiritual años enteros. No es que no haga esfuerzos. Al contrario, tiene momentos de arranque interior; luego se cansa, se vuelve a parar. El resultado es que no hay progreso en el modo de vida espiritual.
Con todo, la persona caída en la mediocridad mantiene y fomenta positivamente vicios notables, como son la vanidad, gula, susceptibilidad, curiosidad, impresionabilidad.
De esta manera, la luz espiritual se va apagando. Y termina la víctima por no ver sentido alguno a la renuncia de lo que no sea pecado. Su postura vital viene a ser la de pasar lo mejor posible con tal de no pecar.
NATURALEZA:
La incomprensión de la abnegación evangélica y la debilitación de la vida interior.
a) La persona mediocre no comprende ya en toda su exigencia la renuncia evangélica ni se esfuerza por adquirirla. Cierran así el paso a la dilatación de la caridad, que contradice el amor propio egoísta. Solo entienden como renuncia evangélica la renuncia a lo que es malo. No entienden que se pueda renunciar o que Dios pueda pedir el sacrificio de lo que es bueno con el fin de conseguir otro bien superior.
b) Esta vida tiene algo de superficial; le falta totalidad en su penetración de la visión de los principios sobrenaturales.
GÉNESIS:
La experiencia enseña que en todas las formas de vida puede introducirse esta pérdida de vigor y generosidad espiritual por caminos muchas veces opuestos entre sí. Hay que estar atentos a los primeros pasos para mantener íntegra la oblación total de la voluntad.
En personas activas puede esta en la raíz el agobio de trabajo y de ocupaciones exteriores. El quehacer y las necesidades de las almas ahogan. Poco a poco, la vida interior se debilita. Se deja invadir por puntos de vista humanos, y pierde lentamente la inteligencia de los medio sobrenaturales. No pierde la fe, pero cesa el avance espiritual.
En personas contemplativas, el peligro estará en dejarse llevar por una aplicación superficial de las cosas de Dios sin verdadera profundidad ni vigor. Superados los defectos más notables y se mantienen en un cierto equilibrio interior sin progresos reales, sin abnegación verdadera.
En muchos casos se suele presentar una especie de cansancio general, producido por la monotonía de la vida espiritual. Los deseos de santidad de otro tiempo se vienen a considerar como puras ilusiones irreales.
Este cansancio desalentado será tanto mayor cuanto con más ímpetu e impaciencia se lanzó antes hacia la santidad apoyado en sus propias fuerzas.
Persuadidos de que todo es obra de Dios, de que hay que seguir a la gracia y de que la condición fundamental de la santidad es el abandono total en las manos de Dios, exageran tanto estas disposiciones, que eliminan todos los esfuerzos de colaboración que Dios requiere del hombre para realizar sus planes. El resultado será una persona buena, piadosa, amante de Dios, pero en la que la abnegación y la unión quedarán en la superficie, sin vigor y sin profundidad, y con muchos defectos íntimos que el interesado mismo apenas sospecha.
REMEDIOS:
La superación del estado de mediocridad es particularmente obra de la gracia, que suele mostrase patente en algunas reanimaciones espirituales. En algunos casos se presenta en forma de impulso interior irresistible, que no deja en paz al individuo hasta que acaba por rendirse. Este impulso se presenta veces en forma repentina, pero otras va preparado por pequeños impulsos parciales y progresivos.
También suele manifestarse esa acción de Dios acompañando a circunstancias exteriores providenciales, sean de signo humanamente negativo, o de signo positivo espiritual.
Junto a la petición se requiere ayudar, preparando en lo posible el corazón para la acción de la gracia. Esto ha de darse suscitando deseos de fervor, nostalgia del estado de generosidad ilimitada, llena de confianza, sin amargura ni desaliento. Sería bueno recurrir a las ideas o sentimientos que tienen fuerza de acción sobre el alma mediocre. Esa idea-fuerza procure empaparla en espíritu de fe, confianza y amor generoso.
Al mismo tiempo que se suscitan esos deseos, hay que promover la cooperación activa de la persona mediocre, de manera que vaya dando pasos en su voluntad aprovechando las pequeñas ocasiones. Estos esbozos han de cuidarse tanto en el campo de la abnegación, con pequeños esfuerzos parciales y repetidos, como en el campo de la vida interior en lo que se refiere al recogimiento, procurando momentos más intensos y actuando la vinculación de las ocupaciones absorbentes con una visión sobrenatural más intensa.
Actuando durante meses con este esfuerzo de pequeños esbozos, se puede ir cultivando una preparación para la acción de la gracia impulsiva de Dios.
También puede ayudar provocar las circunstancias exteriores favorables a una reactivación espiritual. Así, pueden ser momentos oportunos la marcha a misiones lejanas aceptada o pedida; la renuncia a un puesto amado, quizá demasiado amado; renuncia impuesta bajo una cierta presión de los superiores, que desgarra el alma y rompe el equilibrio espiritual en que se acunaba; si en este caso se evita la rebelión y el desaliento, podrá ser ocasión de encenderse en gran fervor.
Lo que se tiene que tener presente a la hora de reactivar la vida espiritual es la constancia y la paciencia sin prisas y din desánimos confiando siempre en la gracia de Dios.
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